Hoy no toca hablar de restaurantes. Y de verdad que lo siento...
Como no todo puede ser bueno, hoy toca despacharme con las peluquerías masculinas lisboetas.
Nunca he sido demasiado exigente con los cortes de pelo (como para serlo en los cuarteles y barcos, donde más de uno aprendió la profesión martirizando mi cabeza), pero siempre me han gustado la higiene, limpieza y tacto de las buenas peluquerías. Sobre todo el tacto...
En Ferroliño soy asiduo al “Olimpia” desde hace más de 30 años. Jamás he tenido percance alguno y siempre han dejado mi pelo “en su punto”.
Pues bien, cometí el error de “experimentar” con peluqueros portugueses.
Me recomendaron una buena peluquería, de estas llamadas “unisex”. La verdad que los masajes al cuero cabelludo eran dignos de una profesional. Me tangaron 25 euros (me salvó un vale descuento del 50%) y me cambiaron el look. No debí quedar muy bien cuando mis amigos hincaron el diente sobre mi nuevo aspecto. El más moderado dijo que me había quedado cara de apampado. Los otros comentarios mejor no reproducirlos.
Algo debía ser cierto, pues hasta mi santa madre dejó caer que le gustaba más el peinado de antes.
Total, que al volver a Lisboa cambié de peluquería. Me fui a una de esas de hombres de toda la vida. Donde solo hay machos.
La cosa no mejoró mucho. Bajó el precio, perdí los masajes y el corte de pelo no varió.
Hoy por fin, me dejé llevar por el instinto y acudí a un “cabeleireiro” cercano a casa. Dos señores mayores en el chiringo (ambos calvos). Uno hablando con un paisano y el otro esperándome con los brazos abiertos.
Le pregunté si antes no me lavaba la cabeza (algo que suelen hacer siempre) y me contestó que no era preciso. Así que el hombre empezó y... acabó. En diez minutos ventiló el tema. Lo cierto es que en unos de esos ires y venires con la tijera, había notado cierto escozor, pero como el hombre no se inmutó no le dí mayor importancia. Pero en esto que el paisano empieza a buscar en un cajón, saca un bastoncillo y empieza a tocarme la oreja. El pobre bastoncillo cambió al color rojo. De mi sangre. El tío me había pegado una tajada en el miembro exterior auditivo derecho.
Y como no dejaba de sangrar, el “profesional” venga a echarme potingues.
Le pregunté por el viejo remedio del agua oxigenada, pero por lo que extrajo de un tarro creo que no me entendió.
Finalmente, y como era hora de recoger a la niña en la piscina, opté por marcharme. Lo cojonudo es que al pagarle, me dio las gracias y se quedaba con el resto de propina. En castellano antiguo, le dije que una mierda. Que me devolviera hasta el último céntimo. Que después de cortar la oreja, el rabo se lo iba a dar s.p.m.
Y aunque los que me conocéis (los únicos que leéis este blog) sabéis que no miento, he sacado una foto de la oreja "danificada". Si por petición popular se solicita, dicha prueba será incluida en este blog.
Hasta otra, compañeros.
A ver si el invierno no me castiga ahora que tengo la oreja a la intemperie.